Investigadores aportan ideas para propiciar ciudades comunales

Prensa Mincyt/Gustavo Rangel.- La conformación de ciudades comunales, su implicación para la vida y el avance de la generación de un modelo socialista fue objeto de extenso debate durante la conferencia “Comuna, territorio, soberanía: aproximaciones”. En dicho encuentro, organizado por el Ministerio del Poder Popular para Ciencia y Tecnología (Mincyt), un destacado panel de expertos aportó ideas para la creación de estas ciudades en donde el buen vivir, desde un punto de vista colectivo, sea la prioridad.

En la actividad desarrollada vía telemática, el politólogo Charles Guissepi destacó que, para poder crear las ciudades comunales, el primer paso a dar es el de “descolonizar” los pensamientos de quienes desarrollarán y habitarán estos espacios.

Detalló que el primer cambio a darse en el campo de las ideas es el de romper con el paradigma eurocentrista que nos fue impuesto durante siglos y que, aún hoy, se mantiene presente en el inconsciente colectivo.

“La modernidad nos hizo creer que éramos seres individuales, pero en América Latina nunca fuimos individuales: nosotros somos comunidad, cumbe. Se nos ha intentado hacer perder esa idea originaria para dar paso a un sujeto que tiene una relación muy particular con el Estado (….). Nosotros estamos obligados a pensar la comuna como una instancia con una relación extendida entre el Estado social de derecho y justicia para proyectarlo hacia un Estado comunal que garantice la seguridad en todos los ámbitos”, enfatizó Giussepi.

Construcción planificada

Por su parte, el  geógrafo Alexis Lozada resaltó que, para que se pueda avanzar en el tejido de ciudades comunales, es necesario ahondar en todo lo relacionado con la planificación territorial, para que estas puedan ser levantadas, tomando en cuenta no solo las características geográficas, sino también las condiciones culturales de quienes ocupen estos espacios.

En este sentido, recalcó que la planificación debe realizarse de la mano con los habitantes del lugar donde se creará la ciudad, a fin de resolver las posibles discrepancias conceptuales que pueda haber entre quienes planifican y quienes habitan el territorio.

“En este momento histórico, en Venezuela, tenemos una oportunidad de oro para que la racionalidad esté acorde con los principios de participación e igualdad que nos plantea la Constitución. En este marco, hay un conjunto de leyes del poder popular que nos invitan para que este proceso de planificación sea compartido por la institucionalidad y el pueblo”, enfatizó Lozada.

Propuestas para la reproducción de la vida

Durante su participación en la referida conferencia, la bióloga Dayana Ortiz resaltó que, para propiciar las nuevas ciudades comunales, se deben tener como ejes transversales a la gente y a los diversos factores ambientales y ecológicos que los circundan. “El hábitat recrea el territorio”, recalcó.

“De cara a la consolidación de las ciudades comunales, es necesario que se realicen estudios de caracterización y de base para la planificación y la gestión desde la visión socioecológica urbana, a partir de síntesis metodológicas en las cuales se incorpora el diálogo de saberes con las comunidades”, detalló esta investigadora de dilatada trayectoria.

Asimismo, resaltó la necesidad de incorporar en las ciudades comunales aspectos de sostenibilidad ecológica que, como propiedades emergentes ecosistémicas, puedan configurar nuevas territorialidades que partan desde las visiones colectivas de las personas que conforman el entramado comunal.

Ciudades que sanan

Por su parte, la ministra para Ciencia y Tecnología, Gabriela Jiménez-Ramírez, señaló que otro elemento a tener en cuenta para la generación de este nuevo modelo de ciudad es que estos espacios “no deben enfermar a sus habitantes”: deben ser territorios para la convivencia en comunidad y el buen vivir.

De acuerdo con lo dicho por la ministra, las ciudades comunales no pueden reproducir el modelo que existe actualmente en donde la contaminación, el consumismo y el aislamiento social pasan a ser factores que, con el pasar del tiempo, deterioran la salud de las personas.

“La convivencia común es histórica en nosotros, viene desde nuestras raíces ancestrales y está en nuestros genes (…). Hay una serie de valores que definen la naturaleza humana de pueblos como los nuestros y que nos llaman a romper con paradigmas que, hoy, nos hablan de dominación, de sufrimiento e incluso condicionan las enfermedades de los pueblos”, alertó.

Desafíos para las ciudades comunales

Para el psicólogo social, Fernando Giuliani, la conformación de las ciudades comunales enfrenta varios desafíos de cara a romper con las relaciones de dominio y depredación que nos ha dejado el sistema capitalista.

Explicó que, entre los retos, se encuentra la deconstrucción de la cultura patriarcal; la generación de procesos sociales de trabajo liberado, de territorios libres de violencia, de convivencia de paz, cuidado de la vida, ecosocialismo; defensa de la integridad territorial y de la soberanía nacional; transferencia de competencias; eficacia y eficiencia socialista.

En este sentido, advirtió que el sistema de agregación comunal plantea promover el socialismo en experiencias concretas. “Lo que vaya a pasar en las ciudades comunales tiene que ser la base de cómo nosotros queremos construir la sociedad en su conjunto y cómo la gente ejerce el autogobierno en los territorios. Esto debe tener una metodología de planificación y una hechura”, subrayó Giuliani.

El investigador valoró el esfuerzo del Mincyt para amalgamar conocimientos, desde el encuentro y el debate de ideas, orientados a la comunalización del poder, de la economía, de la vida cotidiana en el país. 

El conocimiento, un derecho de los pueblos

El término ciencia proviene del latín bajo el vocablo scientia, el cual, a su vez, remite a “conocimiento”. Hablamos de un tipo de conocimiento que se desarrolla bajo ciertas reglas específicas integradas y articuladas en un método, a través del cual se producen teorías sistematizadas que permiten describir y explicar diversos fenómenos naturales o sociales.

Este conocimiento es producido y compartido por una determinada comunidad científica de la cual forman parte aquellas personas que se han preparado a través de programas de estudio en diferentes áreas de especialización y quienes manejan ese conocimiento en el mundo científico y lo difunden hacia otros sectores de la sociedad. De esta forma, el conocimiento científico también es aplicado para la solución de infinidad de problemas en todos los ámbitos de la vida humana.

Buena parte de los impactos de este conocimiento lo podemos observar en nuestra vida diaria: prácticamente todos los objetos, desde los más sencillos, hasta las más complejas instalaciones y equipos, tienen una base científica y tecnológica. Ahora bien, aun cuando la ciencia y los resultados de la aplicación del conocimiento científico conviven con nosotros, no necesariamente tenemos mayor conciencia acerca de la variedad de factores, actores e intereses que se mueven en el entramado del mundo científico y, muy especialmente, en su vinculación con diversos intereses y centros de poder.

Hemos acuñado la idea, bastante ingenua, según la cual la ciencia es absolutamente “objetiva” y “neutral” y su quehacer se remite exclusivamente a producir conocimiento dedicado al bienestar de la humanidad, propósito este que, no dudamos, seguramente comparte la gran mayoría de quienes forman parte de la comunidad científica. Sin embargo, estos criterios resultan algo borrosos e insuficientes cuando examinamos la institucionalidad dentro de la cual históricamente se ha venido construyendo la ciencia en la mayor parte de la civilización occidental contemporánea.

La institucionalidad científica tradicional muestra, cuando menos, dos aspectos que dan cuenta de valores y sustentos ideológicos que no responden de ningún modo al pretendido criterio de neutralidad. Por un lado, podemos observar la tendencia de la ciencia tradicional a confinarse en su propio mundo, guiado y regido por criterios y principios internos orientados por la competencia y la jerarquización de cargos, roles y especializaciones.

Por otro lado, la ciencia y toda su institucionalidad (sus recursos, sus agendas de investigación y su desarrollo en general) están atravesadas en gran medida por intereses económicos y políticos, funcionales a los principios del capitalismo que capta y acapara el conocimiento científico para industrializar con criterios de mercantilización todas las áreas de producción, servicios y consumo de las sociedades actuales, como por ejemplo alimentos, farmacología, petróleo, comunicaciones, salud.

Ninguna de estas consideraciones son novedosas ni recientes. Muy por el contrario, son planteamientos críticos recurrentes a lo largo del desarrollo mismo de la ciencia, muchos incluso han surgido dentro del propio mundo científico.

En ese sentido, se observan corrientes de pensamiento que plantean la vinculación de la ciencia con conceptos tales como “ciencia abierta”, “accesibilidad al conocimiento”, “conocimiento colaborativo”, así como otros con mayor radicalidad que proponen la “descolonización de la ciencia”, “la ciencia al servicio de la liberación”, “soberanía científica”, como instrumentos para el bienestar y la transformación sociales.

Nada de esto ha sido ajeno a la Revolución Bolivariana, desde donde se le ha dado una importancia de primer orden al conocimiento científico y se ha mantenido un impulso permanente para desarrollar una ciencia propia y comprometida con el horizonte de la patria buena para todos, soberana, independiente y próspera en el marco del buen vivir.

Si todos estos planteamientos tenían una gran relevancia, lo cierto es que la pandemia de COVID-19 no ha hecho sino atizar la necesidad de prestarle la máxima atención al conocimiento científico y al papel de la ciencia. En efecto, hoy, en este contexto de pandemia todos volcamos la mirada hacia la ciencia con diferentes expectativas mientras los científicos se esfuerzan al máximo para desarrollar investigaciones que permitan conocer con mayor precisión al virus y, así, poder enfrentarlo.

Al mismo tiempo, las grandes corporaciones despliegan todo su poder para captar y capitalizar el conocimiento científico que les permita mercantilizar todo lo que sea posible en relación con la COVID-19 y generar, con ello, la máxima rentabilidad; los Gobiernos, aun desde modelos ideológicos y niveles de soberanía e independencia diversos, también dirigen su atención a la ciencia; y, por último, la gente, las personas comunes y corrientes, miramos también hacia la ciencia con la esperanza puesta en que, de la forma más rápida posible, se logren tratamientos y vacunas que garanticen la vuelta a la “normalidad”.

Este escenario nos muestra que, aunque la ciencia tiene un indiscutible protagonismo en este momento, ni estos tiempos de pandemia ni los tiempos por venir de pospandemia pueden reducirse a un fenómeno exclusivamente científico.

Como suele ocurrir, el capitalismo predominante en el mundo occidental, aprovechará este tiempo de crisis pandémica para afianzar sus principios y sus lógicas mercantilistas y ejercerá todo su poder para sacar provecho de esta coyuntura. La ciencia, ¡a no dudarlo!, será uno de sus principales instrumentos.

Ante todo ello, debemos asumir un rol protagónico y enarbolar las banderas humanistas del pensamiento bolivariano y aliarnos con quienes también cuestionan e interpelan este modelo civilizatorio de la modernidad que ha puesto a la vida misma al riesgo de su extinción. También la ciencia debe ser un poderoso instrumento en esa batalla.

Hoy, ante la pandemia global, es imperativo buscar alternativas en todos los órdenes: políticos, económicos, sociales, culturales y, también, científicos. Desde ese marco, no será la tradicional institucionalidad científica la que se erigirá como alternativa.

Es necesario continuar avanzando en la construcción de una nueva institucionalidad científica determinada por una ética que, de ningún modo, asuma un carácter neutral que no existe al conocimiento producido. Una institucionalidad científica que proponga y asuma al conocimiento científico como un bien común de los pueblos y la gente, y no como una mercancía para las grandes corporaciones que lo utilizan para maximizar la rentabilidad ni para los grandes centros de poder hegemónico que lo utilizan como instrumento de dominación y sometimiento.

Fernando Giuliani

Psicólogo social

Distanciamiento físico y acercamiento solidario: dos estrategias contra la COVID-19

El distanciamiento físico fue una de las primeras estrategias que se implementaron dentro de las medidas preventivas contra la COVID-19, desde que se decretó la pandemia, e implica mantener una distancia de un metro y medio, como mínimo, entre cada uno de nosotros. Con ello prevenimos, en parte, la transmisión del virus a través de las gotículas que se expanden al estornudar, toser, respirar o a través de la mecánica del habla en una conversación cara a cara. Esta práctica debe incluir, además, la reducción de muchas de las interacciones sociales que formaban parte de nuestra vida cotidiana, tales como asistencia a espectáculos musicales, fiestas, cines, eventos deportivos, playas y sitios públicos en general. Bajo esa misma lógica, también se redujeron las actividades comerciales y laborales, así como educativas y tantas otras. En la medida que una de las principales vías de contagio es de persona a persona, es razonable pensar que, al reducir las interacciones y contactos cercanos, se reducirán también las posibilidades de transmisión y contagio, como, de hecho, la evidencia científica lo demuestra.

De ahí que se insista en mantener y practicar el distanciamiento físico en todas las instancias de nuestra vida cotidiana.

Pero tenemos que estar atentos a no confundir ese distanciamiento físico con otro distanciamiento que es sumamente perjudicial: el distanciarnos de los demás en términos afectivos, sociales y espirituales, lo cual resulta sumamente perjudicial, ya que puede conducirnos a aislarnos en nosotros mismos. Desde hace mucho tiempo, numerosos estudios científicos han dado cuenta de la alta relación entre el aislamiento individual con la depresión, la ansiedad, la angustia y una serie de trastornos que alteran nuestra salud mental y nuestro estado espiritual. Asimismo, también se relaciona con el estrés, enfermedades cardíacas y hasta el riesgo de muerte.

Hoy, ante la pandemia que estamos enfrentando, no debemos confundirnos: debemos prestarle máxima atención a qué tipo de distanciamiento necesitamos y cuál debemos rechazar. Ciertamente que, dentro del modelo civilizatorio de la modernidad capitalista, ya existía un marco cultural y un conjunto de valores que promueven un profundo y marcado distanciamiento entre las personas: el individualismo, los valores del materialismo y de la competencia consumista, el egoísmo o sus expresiones más extremas que las vemos reflejadas en mandatos como el “sálvese quien pueda”, producto directo de la ley del más fuerte que surge cuando asumimos el “darwinismo social”. Este marco cultural es el contexto perfecto para que prospere este tipo de distanciamiento que nos pone a todos a competir, cada quien en su lugar y exclusivamente preocupado por su propio bienestar.

No son pocas las voces que se hacen oír para hacer notar que la pandemia no ha hecho sino desnudar lo que para muchos era una realidad clara y transparente, pero a la cual no se le prestaba ninguna atención. Al respecto, podemos destacar, por ejemplo, el  llamado que el papa Francisco hace, en sus numerosas reflexiones publicadas bajo el título “La vida después de la pandemia”, cuando denuncia este contexto de desigualdad, indiferencia y distanciamiento de la humanidad: “Ahora, mientras pensamos en una lenta y ardua recuperación de la pandemia, se insinúa justamente este peligro: olvidar al que se quedó atrás. (…) El riesgo es que nos golpee un virus todavía peor, el del egoísmo indiferente, que se transmite al pensar que la vida mejora si me va mejor a mí, que todo irá bien si me va bien a mí”. Palabras del Papa que apuntan al corazón de lo que queremos destacar y que son compartidas por numerosos autores, así como por movimientos sociales, activistas, educadores, políticos y millones de personas que se rebelan ante un modelo que deshumaniza y degrada la vida del planeta entero.

Desde el Proyecto Bolivariano, insistimos en que el centro de todo debe ponerse en el ser humano. Así lo repetía el comandante Chávez, cuando apenas comenzaba a hablarnos sobre la necesidad de cambiar el modelo de sociedad. Así fuimos construyendo ese modelo alternativo que propone la cultura comunal, el buen vivir, la participación protagónica que no debe surgir de un decreto ni de una ley sino del cultivo de una humanidad diferente, donde la comunidad sea mucho más que el estar o vivir en un barrio, en un urbanismo o en una urbanización.

La vida comunal debe surgir a partir de sujetos solidarios, corresponsables, empáticos, capaces de asumir sus propias responsabilidades y trabajar por el bien común. Son valores que deben deben practicarse en la vida cotidiana para trascender los egoísmos y el individualismo. Eso significa prestarle atención a nuestras propias necesidades y a nuestros derechos, pero también a las necesidades y los derechos de los demás.

Lejos de distanciarnos socialmente, debemos más bien acercarnos para cooperar entre todos, ayudar y entre-ayudarnos, cuidar y entre-cuidarnos, guiados por los valores de la solidaridad y el sentimiento de la empatía que nos acerca y nos estimula a dar y a brindar al otro. Es este un ejercicio de enorme trascendencia humana que nos enriquece a todos y que no solo contribuye a resolver problemas y urgencias sino que, además, nos enaltece y nos conduce hacia un estado de plenitud al cual es imposible llegar solos.

Por supuesto que, en medio de esta pandemia extrañamos y necesitamos los abrazos, los encuentros, las fiestas y toda aquella cercanía física, que tanto disfrutamos y que forma parte de nuestra propia identidad. Es seguro que esta pandemia pasará y volveremos a celebrar el estar y el sentirnos juntos, en la familia, en la amistad y la camaradería como siempre lo hemos hecho.

Mientras tanto, aceptemos esta suspensión temporal de los abrazos, pero no permitamos, bajo ningún concepto, que se instale entre nosotros ese distanciamiento que nos separa, nos aísla y nos confina, no para cuidarnos del virus, sino para convertirnos en seres egoístas e indiferentes. Si así lo permitimos, ya no será el SARS-CoV-2 el virus que nos haga daño, sino aquel al que el papa Francisco hizo referencia y que será producto de nuestras propias acciones. Es muy importante que pensemos y reflexionemos sobre todo ello para asumir de forma plena y consciente cuál es el ser humano en el que queremos convertirnos y en qué sociedad y en qué mundo queremos vivir.

Fernando Giuliani

Psicólogo social