Podría atribuírsele a la pandemia del COVID-19, si nuestra mirada se enfoca en el tul ante nuestros ojos; pero si miramos un poco más allá, es posible que subsista cierta sensación de que estamos en un momento muy convulso para la región, sin desestimar las perspectivas que se puedan tener para otras regiones del orbe. Pareciera que hemos entrado en una década, la tercera de este siglo, en medio de escenarios de pugnas, transformaciones y emancipaciones; por tanto una mirada de retos ha emergido en cada barrio, cada caserío , cada región, con un denominador común: los sujetos ya no quieren ser objetos, objetos del sistema, objetos del capital.


Venezuela se embarcó muy temprano en este navío, que es el siglo XXI. Llegó a bordo, lleno de ilusiones transformadoras, justas, democráticas, alegres, por ende profundamente populares; más no faltaron quienes en cubierta, y creídos de tripulación, propiciaran cuanto sabotaje, perjuicio o agresión se les viniese en mente. Solo han transcurrido dos décadas, y ya Venezuela ha tenido una clara y diáfana percepción de lo que -se avizora- será esa intrincada navegación del siglo; dentro del navío, ya Venezuela resulta un faro y un modelo para los que se han embarcado tardíamente, pero dispuestos a navegar. En el puerto, también han quedado los que pretendieron que no zarpara ningún otro barco, los que decretaron el fin de la navegación.


Sirva esta publicación -que constituye una transcripción de la mesa de análisis «Pandemia, colapso y crisis civilizatoria», organizada por el Instituto Samuel Róbinson- para la suma de interpretaciones y análisis del puerto que hemos dejado atrás, que aún nos modula el rumbo; y sirva para la comunalización de conocimientos y sentipensares necesarios, imperativos para hacer de la navegación de este joven siglo, una experiencia de vida y amor, sin cadenas, ni lastres, plenos de la mayor suma de felicidad posible, banderas ondeadas alto, en el mástil, por Bolívar y Chávez.