“No podemos consumir ilimitadamente los limitados recursos del planeta con la pretensión del ‘desarrollo’”

Prensa Mincyt/Karina Depablos.- De acuerdo con Daniel Lew, biólogo del Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas (IVIC), la humanidad se mueve en una cultura de consumo permanente que se vale del uso de la energía y el procesamiento devastador de materias primas para manufacturar una gran cantidad de cosas, con el fin de satisfacer necesidades impuestas por un modelo de crecimiento insostenible.

“Ese imaginario de bienestar  y de necesidad permanente es el que debe transformarse para que volvamos a una relación con la naturaleza muy diferente a la que tenemos en este momento, que no está funcionando. Es sencillo: pretendemos vivir en estado de crecimiento económico perpetuo, pero no se pueden consumir ilimitadamente los recursos naturales con la pretensión del crecimiento y el desarrollo porque el sistema Tierra es un sistema finito”, declaró.

Durante su participación en el programa radiofónico Date con la ciencia, el experto en biodiversidad aseguró que, aunque muchos de los recursos explotados son renovables, se ha determinado que los niveles de consumo anual a nivel global requieren de un año y medio para ser restituidos, si acaso existieran las condiciones ambientales para que esa “renovación” pudiera darse.

Daniel Lew explicó que el arrasamiento del planeta es un escenario real que puede verse reflejado actualmente en los medios de comunicación del mundo, los cuales reseñan diariamente catástrofes naturales, como voraces incendios, lluvias devastadoras y períodos de sequía inéditos. No se trata de fanatismos de la fatalidad, sino de conclusiones irrebatibles en el campo de la ciencia tradicional ya reconocidas en todos los escenarios del multilateralismo.

“Ya no son predicciones, se están materializando las consecuencias previstas. Lo que podamos hacer hoy, en realidad, no detiene de manera inmediata algo que ya tiene mucho tiempo gestándose y cuya inercia no es imposible determinar. La aparente paralización económica ocasionada por la pandemia no modificó el rumbo de la crisis ambiental planetaria porque la tracción económica de nuestra vida moderna es tan poderosa que, en muchos países, se impuso por encima de la seguridad de los ciudadanos”, resaltó.

Para el científico del IVIC, el desarrollo como modelo económico que goza de tanto consenso en la creencia de que es un imaginario deseable, positivo, es en realidad un proyecto suicida que, sin duda, conduce a la humanidad a aniquilar los bienes naturales, los recursos y los servicios que la hacen posible. Es una construcción civilizatoria inviable e imposible.

¿Qué podemos hacer?

El especialista Daniel Lew aseveró que es imprescindible resolver el problema de la crisis planetaria, pero con otra lógica y con otro patrón de generación de conocimientos que conduzca a una relación armónica con el entorno.

“Para salir de esta trampa, no podemos pensar como siempre. Es el pensamiento moderno el que nos ha traído hasta aquí y dado que está fundado en el sostenimiento de una economía de mercado basada en la acumulación de capital, está inhabilitado para sacarnos del hoyo donde nos ha metido. Debemos darnos cuenta de una cosa tan obvia como esta: no se puede extraer energía y materia infinitamente de un sistema finito. Hay muchos autores que plantean la necesidad de rescatar conocimientos y culturas que tienen otra forma de relacionarse con la naturaleza, que no necesitan devastar la naturaleza para satisfacer las necesidades de sus comunidades. Necesitamos revisar el concepto de necesidad, cuáles son las reales necesidades de los seres humanos para ser felices”, expresó.

El experto en biología comentó que la utilización de los recursos naturales del modelo civilizatorio actual ha puesto en riesgo la sobrevivencia de los seres humanos en el planeta y ya es hora de actuar de manera global.

“Lo que hoy conocemos como desarrollo no es más que una permanente reinvención de satisfactores, de artefactos, que pretenden satisfacer supuestas necesidades, pero que en realidad permiten sostener una voraz economía de mercado. Sin duda, un punto de partida es reconocer individual y colectivamente cuáles son nuestras necesidades, debemos promover un profundo cambio cultural. Los conocimientos tienen que ser construidos para responder a verdaderas necesidades y no para el sostenimiento de las industrias farmacéutica, alimentaria, de transporte, etcétera”, manifestó.

Señaló que hay una gran desigualdad no solo en cómo están distribuidos los beneficios derivados de esta desquiciada explotación de la naturaleza; la responsabilidad de su destrucción también está depositada en aquellos privilegiados que viven en una vorágine de consumo que no se compadece con ningún criterio de necesidad.

“Estudios revelan que, para alcanzar los niveles de satisfacción de su concepto de necesidad de una parte de su población, los países industrializados han rebasado todos los límites biofísicos que evitarían que el sistema Tierra pudiera entrar en un cambio de estado, de consecuencias desconocidas. En el otro extremo, la mayoría de las naciones, empobrecidas, difícilmente llegan a transgredir esos límites biofíscos de seguridad, pero encuentran aun mayores dificultades para alcanzar niveles aceptables para la satisfacción de necesidades básicas de su población. Un caso particular, que pone en evidencia la existencia de otras culturas más alejadas del imaginario moderno de ‘desarrollo’, como Vietnam, que transgrediendo uno solo de los indicadores ambientales (emisión de CO2, responsable del  calentamiento global), logra niveles de satisfacción en más de la mitad de los indicadores sociales. Algo interesante ocurre en Vietnam”, subrayó.

Insistió en que las culturas ancestrales y las sociedades que han logrado resistir y conservar algunas de sus formas de subsistencia tradicionales, originarias, conocimientos para la coexistencia con la naturaleza, deben ser conocidas, reconocidas y comprendidas, si se desea la sobrevivencia de la raza humana.

“Vivimos sumergidos en una lógica que, aunque parezca racional, no resuelve el problema sino que lo complica. La ciencia y la tecnología se encuentran al servicio de la producción de una serie de satisfactores que, lejos de atender a las necesidades de la gente, obedecen a un sistema de consumo sostenido de los diversos conglomerados industriales. Nos hemos creado ese imaginario, una lógica de conocimiento científico que anuncia diariamente un nuevo avance técnico para paliar las trágicas consecuencias de sus propios desarrollos técnicos precedentes. Debemos virar urgentemente de un conocimiento para el desarrollo de un conocimiento para la vida”, puntualizó.