La calidad de vida de unos pocos o el buen vivir de todos (I)

Si se nos pidiera hacer un balance general sobre cómo marchan las cosas, a nivel planetario, o si se nos preguntara nuestra opinión sobre la forma como la humanidad ha desarrollado la vida en el planeta, ¿qué podríamos decir?

Ante una interrogante tan desafiante, podríamos ayudarnos a razonar con algunas preguntas complementarias, como por ejemplo: ¿Ha logrado la humanidad vivir en paz? ¿Están asegurados los derechos fundamentales de la mayoría de la población mundial? ¿Se ha eliminado la pobreza y la exclusión en el mundo? ¿Los avances de la ciencia y de la tecnología han sido puestos al servicio de la mayoría de la población mundial? ¿La mayoría de las personas que habita este mundo vive de forma plena y feliz? ¿Mantenemos una buena y adecuada relación con el ambiente, e interactuamos de forma plena y saludable con la naturaleza? ¿La humanidad está en un camino de avance hacia un modo de vida superior y trascendente o vivimos en sociedades que tienden más bien a degradar y deshumanizar a la gente y al ambiente? ¿Estamos asegurando el futuro de las próximas generaciones o hemos puesto en riesgo la continuidad de la vida planetaria?

Lo más probable es que, ante estas interrogantes, la mayoría de nosotros concluirá en un balance nada alentador. En efecto, el panorama que vive hoy la humanidad muestra graves problemas que afectan a la mayoría de su población, como lo son, por ejemplo, la pobreza, la desigualdad, la violencia y la exclusión de los derechos fundamentales para una vida digna, al tiempo que el deterioro de la naturaleza pueden ser ya considerados como una verdadera catástrofe.

Las causas de estas situaciones son múltiples y complejas, pero todas ellas se derivan del modo de vida hegemónico que se ha establecido en la mayor parte del planeta y según el cual se organizan las sociedades, especialmente en la parte occidental del mundo. Este modelo civilizatorio se ha regido por criterios elaborados desde la racionalidad moderna, con sus matices, variaciones y mutaciones, desde hace alrededor de 500 años, y se impuso a lo largo de este tiempo, desplazando a cualquier otro que le haya disputado la hegemonía o que no haya sido funcional a sus intereses.

A grandes rasgos, el modelo de la modernidad capitalista implicó el desarrollo de la ciencia y la tecnología al servicio de la industrialización masiva, la concentración de la vida urbana en grandes centros urbanos, el dominio y el sometimiento de la naturaleza a los intereses económicos y, en general, la priorización del crecimiento y de la expansión económicos por encima de cualquier otra prioridad. Junto con ello y en forma simultánea, se desarrollaron extensas teorías y argumentos, así como principios y fundamentos que sirvieron de legitimación para este tipo de modelo civilizatorio, entre ellos, los conceptos de “progreso” y “desarrollo”.

Tales nociones de “progreso” y “desarrollo” tienen también sus correspondientes escalas de medida, así como métodos para su ponderación, a través de los cuales se determina el “nivel” de progreso o desarrollo de cada país. Así, por ejemplo, hasta no hace mucho tiempo y aún hoy se habla de países “desarrollados” y “subdesarrollados”, e incluso se utiliza el eufemismo mediante el cual se clasifican países “en vías de desarrollo”. Se han utilizado para ello un conjunto de indicadores e índices tales como el producto interno bruto, el ingreso per cápita, el índice de progreso social, índice de calidad de vida, índice de desarrollo humano.

Se trata de un verdadero arsenal de instrumentos técnicos y científicos que se utilizan como herramientas analíticas, pero que tienen, necesariamente, una fuerte carga ideológica que los sustenta. Es por ello que han recibido serios cuestionamientos por su reduccionismo economicista y materialista que deja por fuera factores de la existencia humana que no se consideran parte de la “calidad de vida” de la gente ni del “progreso” y “desarrollo” de los países.

Técnicos de organismos multilaterales, dirigentes políticos, gobernantes, economistas, periodistas y expertos en diversos campos suelen ser quienes utilizan este tipo de información, la cual, a su vez, se constituye en una visión institucionalizada y legitimada de la realidad y del mundo. Pero tales visiones también se integran al sentido común de la gente, y pasan a conformar un universo de valores y creencias profundamente arraigadas en la subjetividad individual y colectiva, lo cual determina buena parte de nuestras conductas, interacciones y prácticas sociales. A tal punto todo ello se arraiga en el pensamiento, en el sentir y en el quehacer humano que configura, además, en gran medida, las necesidades de  las personas, así como las expectativas en relación con los ideales de “éxito”, “realización”, y hasta la noción de “felicidad”, que el mismo modelo se encarga de crear y ponerla a disposición de nuestro consumo.

En ese sentido, no se requiere de un análisis demasiado agudo para observar cómo ese horizonte de “progreso” y “desarrollo” social y humano está sustentado por patrones de acción basados en el individualismo, las relaciones jerárquicas y de dominio, la competencia y la realización material donde el consumismo se ha convertido en sostén fundamental del sentido existencial.

Por lo general, todo ello sucede de forma poco consciente y bastante “acrítica”, lo que significa que las personas lo vamos integrando en nuestra propia manera de pensar, sentir y actuar sin tomar mayor consciencia al respecto. Una vez consolidado y anclado este marco de creencias, criterios y valores, se asume como propio y se es capaz de defenderlo aun cuando existan profundas contradicciones que evidencian su incongruencia y las graves consecuencias que los modelos que sustentan acarrean para las propias personas y para la vida planetaria.

Bajo este modelo, todo es factible de convertirse en mercancía y en objeto de consumo, incluyendo aquello que debe estar reservado exclusivamente a los derechos de la población, como la salud, la educación, servicios públicos esenciales, las artes, el entretenimiento, etc. Bajo esa misma lógica, opera también el criterio de “calidad” aplicable a la vida misma, cuyo acceso y disfrute no está garantizado por derecho alguno, sino que depende de las condiciones económicas de quienes pueden “obtenerla”.

Es así que este modelo de vida que promociona y produce esta “calidad de vida” es inviable por, cuando menos, dos razones. Una de tipo ética, ya que esta “calidad de vida” está reservada solamente para una minoría que la puede disfrutar, en tanto que las grandes mayorías del planeta no pueden hacer lo mismo. Otra, derivada también de la misma causa, es de tipo ambiental: para que esta “calidad de vida” sea posible, es necesario seguir depredando infinidad de recursos naturales de forma tal y seguir comprometiendo la vida planetaria.

Fernando Giuliani

Psicólogo social

12 de octubre de 2020